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En MAGMA entendemos que no existe una única forma de prevenir y enfrentar la violencia contra las mujeres. Cada situación, comunidad y territorio requiere escucha, análisis y respuestas adaptadas.
Por eso combinamos educación feminista, acompañamiento comunitario, comunicación, articulación institucional e incidencia pública. Nuestras metodologías buscan generar procesos participativos, seguros y útiles, evitando respuestas aisladas o meramente simbólicas.
Las experiencias de las mujeres orientan nuestro trabajo. Escuchamos sus necesidades, reconocemos sus conocimientos y respetamos las decisiones que toman sobre sus vidas y sus procesos.
No asumimos que todas las mujeres viven la violencia de la misma manera ni que necesitan las mismas respuestas. Consideramos factores como la edad, la isla de residencia, la situación económica, las redes de apoyo, las responsabilidades de cuidado y las barreras para acceder a servicios y justicia.
Trabajamos con las mujeres, no en su nombre ni sin su participación.
Analizamos la violencia contra las mujeres como una consecuencia de relaciones históricas de desigualdad y poder, y no como un problema individual, privado o aislado.
Nuestra metodología permite identificar los estereotipos, normas sociales y prácticas institucionales que justifican, minimizan o reproducen la violencia. También cuestiona las respuestas que trasladan a las mujeres la responsabilidad de evitarla o detenerla.
Esta mirada orienta tanto nuestras actividades públicas como nuestras relaciones y decisiones internas.
Las condiciones de Galápagos influyen en las experiencias de las mujeres y en sus posibilidades de acceder a apoyo, protección y justicia.
La insularidad, determinada por las distancias entre islas, la limitada disponibilidad de servicios especializados, la cercanía entre las personas y el temor a la exposición pueden dificultar la búsqueda de ayuda.
Por eso adaptamos nuestras acciones a las características de cada isla y comunidad. Priorizamos metodologías cercanas, accesibles y conectadas con los recursos y actores disponibles en el territorio.
Procuramos que talleres, encuentros, reuniones y procesos de acompañamiento sean espacios de confianza, respeto y escucha.
Al inicio de cada actividad establecemos acuerdos básicos de convivencia y confidencialidad. Nadie está obligada a compartir experiencias personales ni a responder preguntas que le generen incomodidad.
Evitamos dinámicas que expongan, culpabilicen o revictimicen a las participantes. Cuando una actividad puede activar recuerdos o emociones difíciles, ofrecemos información sobre rutas de apoyo y tomamos medidas para cuidar a quienes participan.
Un espacio seguro no significa ausencia de desacuerdos, sino condiciones para expresarlos sin violencia, discriminación ni descalificación.
Adaptamos el lenguaje, la duración y las herramientas a las características de cada grupo.
La comunicación puede contribuir a transformar la violencia o puede reproducirla. Por eso cuidamos la forma en que narramos los casos, elaboramos campañas y compartimos información.
Evitamos publicar datos, imágenes o testimonios que permitan identificar a una mujer sin su consentimiento. No utilizamos relatos de violencia como recursos sensacionalistas ni presentamos a las mujeres únicamente desde el daño que han vivido.
Ponemos el foco en la responsabilidad de quienes ejercen violencia, en las condiciones que la permiten y en las obligaciones de las instituciones.
También procuramos que nuestros mensajes sean claros, accesibles y útiles para la comunidad.
Trabajamos con profesionales, organizaciones, instituciones y colectivos cuando la colaboración puede fortalecer la prevención, el acompañamiento o la garantía de derechos.
Antes de establecer una alianza, valoramos su finalidad, los compromisos de cada parte y los posibles riesgos para las mujeres y para la independencia de MAGMA.
La colaboración no implica renunciar a nuestra capacidad de vigilancia, crítica o denuncia. Podemos dialogar con las instituciones y, al mismo tiempo, exigirles que cumplan sus responsabilidades.
Nuestra incidencia se apoya en las experiencias de las mujeres, el seguimiento de casos, la observación de las respuestas institucionales y la información disponible.
Identificamos problemas recurrentes, documentamos barreras y formulamos recomendaciones concretas. Cuando es posible, utilizamos datos y registros para mostrar la dimensión de los problemas y sustentar nuestras propuestas.
Protegemos siempre la identidad de las mujeres y evitamos utilizar información de los casos sin su autorización.
No buscamos únicamente participar en espacios institucionales, sino contribuir a que las decisiones produzcan cambios verificables.
Evaluamos nuestras actividades y revisamos periódicamente nuestras formas de trabajo.
Recogemos las opiniones de participantes y aliadas, analizamos los resultados y reconocemos los aspectos que deben mejorarse. También revisamos los posibles efectos no previstos de nuestras acciones.
Entendemos la coherencia como una práctica continua: aprender, corregir y asumir responsabilidades cuando sea necesario.
Consentimiento: la participación debe ser informada y voluntaria. Explicamos el propósito de cada actividad y solicitamos autorización antes de registrar o difundir imágenes, testimonios o información personal.
Confidencialidad: protegemos la información compartida en procesos de acompañamiento y en espacios que requieren privacidad.
No revictimización: evitamos preguntas, prácticas y mensajes que culpabilicen, cuestionen o expongan innecesariamente a las mujeres.
Autonomía: respetamos el derecho de cada mujer a decidir qué hacer, cuándo hacerlo y con quién compartir su experiencia.
Accesibilidad: procuramos que la información y las actividades puedan ser comprendidas y utilizadas por personas con distintas edades, experiencias y niveles de formación.
Seguridad: valoramos los posibles riesgos de cada acción y priorizamos la integridad física, emocional y digital de las participantes.
Rendición de cuentas: explicamos el alcance de nuestras acciones, evitamos generar expectativas que no podamos cumplir y asumimos responsabilidad por nuestras decisiones.
No basta con defender los derechos de las mujeres en el discurso. Las metodologías, los vínculos y las decisiones cotidianas deben ser coherentes con ese compromiso.
Por eso revisamos continuamente cómo escuchamos, cómo acompañamos, cómo comunicamos y cómo ejercemos el poder dentro y fuera del colectivo.